sábado, 9 de febrero de 2008

La fuga

Pierde la casa,
salte del cauce,
llena los bolsillos de huidas,
mira pasar por ventanillas
tu cuenta pendiente de paisajes intocados.

Encuentra, de madrugada,
el grito interior de lo distante;
o de tarde,
la bola de lodo en el costado:
acumulación malsana de familias ovilladas
que te dieron en uso sus nombres,
ahora gastados, errantes.

Márchate hasta el hastío, sangre mía.
No quieras pisar el pueblo fértil que te llama a su memoria
sólo hasta perderte más,
perderte mejor donde prefieras:
en el océano de gracias deslumbrantes y profundas,
en el desierto aletargado y equidistante de casa,
en la montaña fecunda donde se multiplican los caminos.

Pisa aquí y allí hasta agonizar.
Vuelve a partir cuando te tomen por loca
e intenten enviarte en barco a otro puerto
o te traten como mercancía que se pierde en los bazares
de quien nadie sabe de dónde su brillo o su avería.

Entre tanto, estará tu pueblo fértil
creciendo abundante y al barbecho,
esperando ver florecer
tu vara
y tu hacer.

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