Sobre la poesía de la acción de Chucho Peña (Medellín, 1962- Bucaramanga, 1986)
Chucho Peña es un poeta de la acción. Su poesía no es igual a la de los poetas que permanecen sentados en sus escritorios. De hecho su nombre y su obra fueron excluidos de las instituciones discursivas habituales como la academia, la editorial y la librería. Y se entiende por qué sucedió esto, pues su poesía es de otra naturaleza. Lo que busca el poeta de la acción es el oído y el corazón del pueblo.
Poetas de la acción como Chucho también fueron, a nuestro juicio, René Char (Comandante de la aviación de la Resistencia francesa en los Bajos Alpes), Miguel Hernández (soldado del Ejército Republicano, preso político de la Falange Franquista), Robert Desnos (miembro de la Resistencia francesa en París, preso político de los nazis), Yannis Ritsos (comunista griego, militante del Frente de Liberación Nacional, preso político), César Vallejo (organizador del legendario Congreso de Escritores Antifascistas), Nazim Hikmet (comunista turco, preso político, exiliado), Roque Dalton (militante del ejército Revolucionario del Pueblo -EPR- en El Salvador), Javier Heraud (militante en el Ejército de Liberación Nacional -ELN- en Perú), entre otros. Incluso Lord Byron que se fue a luchar por la libertad a Grecia.
No conocemos con claridad la filiación política de Peña y no necesitamos saberlo pues conservamos un sinnúmero de testimonios de sus amistades que nos revelan que era amigo de todos los grupos políticos vigentes en la época; a todos los llamados que le hacían respondía con su poesía, cuando era necesario; a todos acompañaba y todos lo reclaman como propio. Peña, como los poetas de la acción mencionados, entre muchos otros y otras a quienes no se hace referencia aquí, estuvo inmerso en un movimiento social y no uno cualquiera, sino en el movimiento cultural y político colombiano de los años 80, que fue exterminado.
Dice Rimbaud en la Carta del vidente: “La poesía ya no marcará el ritmo de la acción. Irá por delante”. Esto hace pensar en la poesía de la acción como una inspiración hacia el acontecimiento transformador que, si bien se hace con palabras, se ejecuta poniendo el cuerpo en la lucha, a través de tomar las armas en movimientos de liberación o de acciones de acompañamiento a esos movimientos, guiadas por el compromiso, entendido como esa convicción inalienable hacia la causa de lo que se percibe como justo. Algunos de estos poetas de la acción recibieron en carne propia las consecuencias de la represalia que despliegan las fuerzas a las que se oponen en forma de torturas varias como la cárcel, el exilio, la vulneración física y el asesinato.
El compromiso que expresaba su poesía le permitió dolerse por el genocidio continuado y extendido (Tribunal Permanente de los Pueblos, Sentencia a Colombia, 2021) del que fue testigo directo y anticiparse: “Esta generación está en peligro”, escribió en un endecasílabo pleno, con el que vislumbró el porvenir de sus congéneres. No era muy difícil tampoco imaginar que lo que había pasado a los opositores en Colombia desde el siglo XIX seguiría sucediendo a ese “fruto limpio” que él veía que era su generación. Lo trascendental es que esta anticipación que hace en sus poemas tanto de su propia muerte como la de sus compañeras y compañeros y del movimiento mismo, le vale un sitio en la historia de la poesía, así a quienes lo asesinaron y luego quisieron ignorar su aporte poético no les guste. Descifrar la característica de los tiempos que vendrán (encarnar la poesía que va por delante de la acción), es una prueba de poesía, según escribe Percy Bysshe Shelley en su ensayo “Defensa de la poesía”. Hay por lo menos tres ejemplos en sus poemas de esta anticipación y los presento juntos:
Cuando me atraparon en el parque
y palabra por palabra
en golpe por golpe
intentaron arrancarme.
***
Yo no quería decir nada en esta tierra
y llegó la palabra.
Luego aprendía que hacer el intento de ser
era jugarse la vida.
***
No quiero morir sin escribir mi verso,
no quiero que mañana al recordarme digan:
no dijo suficiente
no dijo lo que quiso,
le dieron miedo los mensajeros de la muerte
y de igual forma murió.
Yo moriré de plomo y poesía
de igual forma que puedo morirme de otra cosa;
la muerte es lo único seguro que acarrea la vida
y me da miedo
pero igual voy a morirme un día
con o sin miedo
de plomo y poesía
o de otra cosa.
Podrían por ejemplo matarme.
Por ejemplo podría morirme
pero soy uno solo
demasiado intrascendente,
no pasaría nada;
moriría de ganas de vivir
soy uno solo
y ya han matado muchos
soy uno solo
y no podrán matarnos a todos.
[…]
Yo seguiré buscando mi verso,
a mí aún no logran sembrarme de silencio.
Otros poetas que se anticiparon a su propia muerte fueron Federico García Lorca, en la "Rueda y fábula de los tres amigos": “comprendí que me habían asesinado… ¿me encontraron? No, no me encontraron”; Rimbaud en “Infancia”: “Regresaré con miembros de hierro” y César Vallejo en sus memorables versos: “Moriré en París con aguacero, /un día del que tengo ya el recuerdo”.
Como a Chucho Peña, en Colombia también las fuerzas represivas asesinaron a otros poetas de la acción como Manuel Gustavo Chacón, Julio César Chaparro, Edwin López, Gerson Gallardo, Tirso Vélez y, por lo menos, a otros 19 poetas más, antologados en el libro “Poesía Emboscada”, editado por Saúl Gómez, en 2023. Ahora bien, lo más espeluznante es que no solo los asesinaron sino que también los eliminaron del canon literario colombiano. Incluso María Mercedes Carranza se atrevió a decir que la poesía en Colombia fue apolítica después del Nadaísmo. Nada más lejos de la realidad. Eso lo sabe el pueblo que sí mantiene la memoria viva de sus poetas.
Chucho Peña fue el poeta del genocidio colombiano. No solo por haber sido asesinado es un poeta de la acción, sino porque no hizo otra cosa que escribir para el movimiento social colombiano y compartir su poesía con ese movimiento. Con la poesía que escribió y encarnó, Peña fue por delante como expresión de una memoria que anticipaba su propia posibilidad de hacer realidad un sueño revolucionario y humano, a la vez que era premonición de su propia destrucción, llamando a la congregación en torno a la palabra para mantener viva la vida, en mitad de la exclusión y la dispersión.
Sin embargo, es necesario notar que, en el caso colombiano, la supresión de los poetas de la acción va más allá de ser una suspensión pasiva del campo literario, sino que debe ser reconocida como un mecanismo deliberado de reproducción del orden colonial. Es algo que no hemos capturado con suficiente atención, puesto que en Colombia no nos reconocemos como colonizados. Pensamos que tanto la colonización como las luchas de anticolonización quedaron atrás. Sin embargo, es probable que ambas estén vigentes y sean lo que se está manifestando constantemente en cada una de las confrontaciones históricas de clase que nos ahogan en una lucha fratricida por siglos. El Estado en Colombia (quizá en todo el mundo) ha sido cooptado por las élites (perpetuadoras de las condiciones de opresión coloniales, pero también vasallas de los capitales trasnacionales) para cometer genocidio y una condición de exclusión de "los bastantes" permanente..
El canon poético hegemónico, la poesía que predomina y es elegida para ser reconocida como tal en Colombia, opera bajo una lógica colonial que combina racismo estructural, clasismo y una persistente preferencia de las instituciones discursivas por la poesía pro-hispanista, centralizada y de insigne blanquitud de la capital.
Como advierte Frantz Fanon, "el colono ha hecho y sigue haciendo al colonizado": así, la crítica literaria y las instituciones culturales han construido a los poetas de la acción como seres desprovistos de valor estético. Pero, para el movimiento social y para el pueblo, sus poetas no mueren y, antes bien, vuelven una y otra vez, para convertirse en estandartes de la lucha inclaudicable por la liberación de los yugos capitalistas.
Es un hecho que la eficacia persuasiva de la poesía de la acción no depende de su posición en el campo literario (editoriales, librerías, círculos de festivales), sino de su capacidad de generar vínculo directo con el movimiento social. Por lo que al poeta de la acción no le interesa y no busca ingresar al campo de la literatura, es decir ser publicado o ser aclamado en las ferias del libro, sino que opta estratégicamente por dirigir su palabra a las masas. Y eso fue Chucho Peña, nuestro poeta de la acción revolucionaria, una voz de la poesía colombiana que se hace cada vez más grande a medida que pasan las generaciones, por razones apenas lógicas entre una población que padece exclusión y genocidio.
Sabemos que la misma fuerza retórica en la poesía de Chucho Peña, que reconocemos que generó arraigo afectivo en el movimiento social hizo a nuestro poeta visible y blanco de la represión. Pero, aquí estamos para darle la vuelta a la historia y reivindicar su memoria. La poesía se levanta como la única capaz de expresar la tragedia y llamar de forma contundente a la acción por la transformación.
Es así como Chucho Peña se inscribe en una contracorriente anticolonial de poetas y pensadores: su poesía de la acción no solo llama a la rebelión social, sino que desafía el orden colonial del canon literario colombiano mismo.
Porque la eliminación deliberada de los poetas de la acción de la historia de la poesía colombiana no es un mero accidente o una indiferencia pasiva, sino, como ya dijimos y repetimos, es un mecanismo activo de reproducción del orden colonial. Chucho Peña escribió los versos que hoy buscan y son buscados por una generación ávida de una poesía que esté arraigada en el movimiento social, versos que llamen a la subversión de ese orden opresor. Una poesía de la acción que definitivamente no encuentran en las antologías de poesía habituales porque allí los poetas no corrieron “el riesgo de ser” (Peña, en el poema “Señales”), de subvertir el orden colonial, de pasar del no-ser del colonizado (Fanon) al ser del que lucha por una posibilidad de liberación.
Está claro que el problema de la sustracción histórica de Chucho Peña y de los otros poetas de la acción colombianos va más allá de ser un asunto estético. Es un problema político. Por supuesto que no estoy hablando de que se pierdan unos versos de la historia de la poesía. Lo que quiero es que quede claro que las élites criollas que mataron a Peña y a los poetas de la acción colombianos pretendieron arrebatarnos nuestros intentos de lucha anti-colonial desde la poesía, nuestras formas populares de entender el mundo, nuestras maneras de convertir la palabra en acción y de construir comunidad en medio de la felicidad o del horror.
Estas palabras y todos los homenajes que hoy 30 de abril de 2026 hacemos a nombre de Chucho Peña, poeta colombiano brutalmente desaparecido, torturado y asesinado en 1986, hace 40 años, no se orientan solamente a rescatar su memoria. Lo que buscan estas palabras es hacer conciencia, buscan ser poesía de la acción, inspiración a la acción revolucionaria basada en el recuerdo refulgente de cómo operaba toda una generación de poetas, artistas y activistas que intentaron acallar. Parafraseando otro endecasílabo memorable de Chucho Peña, “Aún no logran sembrarme de silencio”, aún no logran colonizarnos a gente como tú y como yo que sigue luchando y reconoce en Peña y en sus poetas asesinados el ADN de nuestra batalla por la liberación de Colombia entera.

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