miércoles, 5 de julio de 2017

Lo que se llama libertad


  

Lo que se llama libertad

Angye Gaona
2016




Voz y ojos —¿no es esto lo que se llama libertad?
Yannis Ritzos




Estrellas negras



En una estrella negra llamada prisión
Guardaron a Óscar Tordecilla y a miles
¿A dónde lleva la prisión toda luz sino es al pasado?
Las paredes tienden a caerse sobre la cabeza
En una estrella negra llamada Tramacúa hacen falta grandes cantidades de energía negativa de un tipo que no se conoce afuera
Que son 40 grados a la sombra
Que no hay agua potable de propósito
Que sólo salen excrementos por las ventanas y hombres desahuciados

En una estrella negra guardaron a Óscar y a miles, con boleto de entrada pero jamás de salida
De un agujero negro no se sale más que desgarrado
La prisión deforma el tiempo y el espacio
Todo lo que entra allí se fragmenta por puro despojo

En una estrella negra, plagada de enemigos, guardaron a Óscar Tordecilla, explosivista
Si pudiera prepararía una última bomba
Una bomba que creara una fuerza más veloz que la luz
Una fuerza enorme que destruyera la materia toda
Y consumiera el agujero desde adentro



El frío en la isla


Si tan sólo Ramón Emilio, muriera de viejo un día en el Chocó. Si pudiera devolverse la lava que asciende por un cráter y a una orden se durmieran los volcanes.
Todo volcán es irreversible, sabían sus compañeros. Hay un volcán en su estómago, advirtieron. La úlcera ha explotado, vomita sangre, gritaron.
Pero hubo que esperar a que el frío fraguara la sangre y la lava. Trece días de desatención médica, trece días de acidez de las lavas y la cólera consumiendo la vida. Hubo que aguardar a que el frío consolidara la isla que dejó la erupción.
El frío mayor llegó primero a asistir a Ramón. El frío, centinela de la muerte, es el único que no abandona a los presos en Cómbita.
Todo volcán es irreversible, dijeron sus compañeros, encendiendo fumarolas. Si tan sólo Ramón Emilio muriera de viejo mañana en Istmina. Si el dolor y la lava en torno al cuerpo de Ramón juntara a las cárceles como a islas, con un solo rugido, sublevándonos a todos, dijeron.


Antes de la abolición



Encadenado el héroe a las Montañas Rocosas, Simón, se figura que la paz lo espera más allá de la muerte. Pero, él nunca muere, fíjate. La vida es una fortuna antigua que el héroe robó y repartió entre los hombres. Te consta que el crimen mayor es la bondad: nada es más repulsivo al tirano que respira celo con el estómago ovillado.
Esperanzado el héroe asume, Simón, la reposición de sus vísceras tras el ataque del águila. De noche o de día hace su propia luz, la que será fuente para las jornadas de escasez en los páramos, a los que escalan. Lo alcanzarán las manos y las picas, lo habrán de liberar héroes más fuertes. El más fuerte apunta ya al águila y la abate, Simón.
Encaminado el héroe a la liberación, detiene el paso del tiempo sobre él: antes de la paz, esa última batalla lo acoge como un regazo oscuro.



En la caverna del odio



No nos odie, Capitán. Usted está tan preso como nosotros. Vamos, hagamos una cita en las afueras del penal. A la salida usted verá que somos iguales.
Afuera hay una luz, ¿sabe? A esta luz cantaron los pensadores y poetas; ellos quisieron despertarnos, sacarnos de la caverna del odio. Afuera hay una luz que espera por usted y por nosotros. Todos. Vamos, anulemos las distancias, Capitán. Ninguno es culpable, somos uno.
Acá en la caverna, nos hicimos uno por acción del odio. Nos cubre el mismo impedimento. Allá afuera, somos uno por acción de la luz. Ya no hay lugar a la separación porque para todos salió el Sol, Capitán.









Reiteraciones


A un foso con leones también llevaron a David, defensor de Derechos Humanos. Dieciocho leones hambrientos asediaron su corazón. Uno tras otro husmearon su humanidad y como a Daniel, ninguno le hizo daño.
El Imperio es uno solo desde Babilonia. El oprobio igual, no es un descubrimiento.
El gobernante sumerio ante el cual el profeta Daniel no se inclinó, es tan inicuo como aquel sobre el que David levantó su denuncia.
Redes de militares asesinaron más de cien personas en Barrancabermeja, dijo David. El alcalde es un paramilitar que ordenó la muerte de un periodista, dijo.
Pasan los milenios y los sátrapas no encuentran algo más por hacer que involucrar inocentes en asuntos tortuosos.
¡Acúsenme!, escribe David, en poesía, y su vara florece. El tallo de la verdad se dobla pero jamás se parte, dice en televisión desde la cárcel.
Conversan con ángeles los felices y los justos se amistan con leones.













Archivo de diosas olvidadas



Las perversas, las propietarias del asco público, las apartadas, producimos la propia, la turbia luz. Ninguna luz de afuera incide sobre nosotras.
Destilan humos y ruidos y envidias como redes, unas sobre otras. Sobre la espera de grasa gruesa que llevan tatuada.
Y se lavan, y se lavan compulsivas por una lluvia, conjuro de sus lágrimas ahogadas.
Nos sabemos un archivo de diosas olvidadas.
En conserva, nuestro secreto de cuando mujeres: aquel misterio ahora condensado en cubículos, jugando con sus espejos -clandestinos-, sus cuchillos de variado material.
Cuando el ánimo amanece de día cerrado, cuando la tormenta, ha de rodar la fortuna afilada sobre los vientres y las mejillas.
Luego, los azules. ¡Los pájaros negros, mujeres! Que nos encuentran la humanidad, la llaga.
¡No reclamemos nada! Acaso, ¿hubo algo que se nos diera, hubo algo?
Marcadas con el signo que el deseo proscribe, desfilan atadas mas inocentes todas. Que la culpable anda suelta y gobierna. La loca, la rica, detestable la más, a quien no iremos en venganza con escobas.
Pero, así como llega, pasa la tormenta. Retornan al suelo los traseros sagrados de las diosas olvidadas que bostezan, tejen, decoran la tela monótona, blanquean pacientes el veneno, penan bajo la vitrina repitiendo letanías.
Las apartadas practican esas sus risas ácidas unas frente a otras.
Posamos para el mal hado en cámara lenta.



Últimas



Hay un cabo que nos trata mejor. Es el que viene a llevarnos a talleres. Las que están listas para salir, se forman y, una a una, las dejan salir del patio. Las vírgenes necias, la mayoría aquí, se demoran y entonces él grita ¡Últimas! y así las que faltan se apresuran.
Una vez llegó y yo dormía. En el patio, descansamos en el suelo, sobre sábanas color crema. El cabo gritó ¡Últimas! y sonó su voz en mi sueño. Sí, la última soy yo, déjenme, quiero serlo, es mi deber. No disputo lugar alguno, la última soy yo. Enciendan mi penacho emplumado. Llevo un mechero que no se extingue. La última y la propulsión, ya lo saben, soy yo.
¡Últimas, últimas de ascenso en espiral! Las que quieran salir, ¡vengan a bordo!, tomen mi nave y escapen, las últimas.


2 de febrero de 2011


Antes de la abolición



1
Cada mañana el encierro recita de memoria la misma canción. Sus notas caen como espinas a la sien. Así como se incrustan en los ojos las advertencias punzantes que coronan al Cristo en la pared del salón de clases.
La vertical, la horizontal les enseñaré hoy, piensa la maestra.
Tras la retahíla que prepara cada día yace la trampa universal: La abscisa y la ordenada, la vertical y horizontal, universales; su medida, su tensión, distribuidas con minuciosidad sobre las sienes, los lagrimales, los nervios de toda la población.
La vertical, la horizontal les enseñaré, dice.

2

A veces, siento que siempre estuve aquí. Distante a mí misma, como al esplendor de las hojas de un único árbol y a su sombra que se escapa entre la noche con el deseo de la fruta.
La noche viene temprano y demasiado temprano se marchan. Me asomo a esperarla por el calado. A la noche, que riega su tinta mínima en la cabeza como un bálsamo.
El día, en cambio, se queda y procura ser recordado.

3

Meses después, he visto a la Luna. Cruzó por el calado en cuarto menguante. Así como a ella vemos a los visitantes, cortos y apenados.
Nada consuela el nexo perdido, la raíz abandonada, las vías quebradas de la sangre.

4

Tienes cinco minutos para cambiar de celda, de casa, de territorio. Saca tus cosas de tu casa y disponte a cambiarte a otra en cinco minutos.
Entran los pájaros negros y ordenan cambio de celda. Colchones, ropa limitada, todo lo que puede despertar apegos en un lugar en que se pierde hasta el espacio y el tiempo propios. Las compañeras ayudan a recoger. Se anuda ahí la sonrisa, algún recuerdo.
En cinco minutos, ya será otra vida en otra celda, en otro pabellón, en otra ciudad, en otro país, nunca se sabe.

5

Está bien, lo admito, soy una bandera. Pero también soy el brazo desnudo, ardiente y peligroso, sin vergüenza.
Está bien, lo admito, encendí la bengala. Es que la noche se hizo muy negra y sin esta luz no hubieran logrado cruzar los críos hasta el amanecer

6

La única ley que se cumple es la grieta, la arruga por la que se hunden los regímenes.
No lo olvides.
Ahora, desátame. Y continuemos




Acerca del reino que posees


María Isela cuidaba un pozo desde niña. Era su tarea. Que nadie toque el agua jamás, le habían advertido. Lo malo es que ella no preguntó si ella misma podría beber.
Los años pasaron. Con ellos vinieron la sed y las sequías.
María Isela cumplió todo el tiempo con el cuidado del pozo, rigurosa.
Nunca nadie conoció, ni ella misma siquiera, el agua del pozo que guardaba. Sin embargo, ella nunca murió. Nunca murió de sed.


Pequeña dueña del sueño


A Josefina le dicen La Chiqui. Es una mujercita con el ánimo herido, de metro y medio de estatura.
A su dolor, brindo palabras de miel. Chiquita: una gota de oro se oculta en su entrecejo. Los pájaros confían en sus manos. Para ella es que existen los secretos del viento, los guarda cada uno en sus largos bucles castaños.
Sueña Chiquita, bailando con su amor por los caminos. A él se lo llevó la guerra, en un combate. Chiquita: palabras de miel que la alcancen al vuelo.
Uno de sus ojos se fija en el dolor. Otro, en la dicha. Mira por el objetivo. Chiquita: uno solo es su amor. Y atina. Atina siempre su flecha de oro.


No es una mujer esta criatura


Un árbol en mitad del pueblo florece en temporada de sombra. ¿Qué extraordinario ardor, qué vigencia de centro lo sostiene en fortalezas y alturas?
Una sola de sus ramas alienta al pueblo oscurecido. Una rama furiosa y roja
atizada de semillas.
Amanece. La luz surge en todos lados, ineluctable.
Un árbol rojo florece en silencio en mitad del pueblo.


Trece titanes liberados



La Tierra pena por sus hijos. Acaban de nacer y ya son remitidos al infierno. Las prisiones del mundo se llenan de jóvenes. La Madre llama a sus pequeños a la sedición.
Trece muchachos en edad de labor se niegan al festín grotesco. Trece titanes hijos de la tierra blanca. De las casas son extraídos a la fuerza. Ellos y sus libros, ellos y algunos indicios de su lucidez. 
Trece titanes en el Tártaro toleran la tortura. Como Las Trece Rosas de Madrid, son liberados por el tiempo. El tiempo despeja su resplandor. Los manantiales en el territorio les corresponden.


El arquitecto que dibujó la prisión de máxima seguridad conoce el primer círculo del infierno


Es jueves, de mañana. Y el arquitecto entra al círculo. Salen a su encuentro La Pitu y Japonesa, con sus mejores trajes, estrenando cargo de recepcionistas.  
Lo desnudan. Hace frío y se apagaron todas las luces para la ocasión. ¡Vamos!, lo animan, camine que aquí le tenemos una sorpresa. Las chicas conducen al arquitecto a un pasillo y van abriendo las celdas. Puede escoger la que quiera; a dónde vaya lo esperan las mismas cuatro planchas de cemento, en los tres metros por cuatro.
De los sanitarios de metal en cada celda brotan excrementos sin pausa. En algunos se ocultaron alimentos y la llave para salir al próximo círculo.
La Pitu, jaladora de carros y Japonesa, ladrona de carteras, cierran una esclusa en la sombra y se alejan, soltando risotadas.


Canto propio


De José decían que se enseñoreaba en el espíritu. Observa Carlos, y canta al amanecer en su prisión, como José. Se despiertan todos y te imponen el sueño, lo sé.
José, es vendido por sus hermanos. Tú a cambio de esta soledad entregas un canto al hombre, de fina altura.
Nadie cree a José, todos desdicen de su paz. Otros buscan menguar la tuya, Carlos, en tanto tú coreas la armonía.
José lee los sueños de los prisioneros. Tú los levantas con el canto como el Sol.








Vueltas a la muerte

Mátame o haz de mí lo que quisieres”
Nezahualcóyotl.

No le dé más vueltas a la muerte, señoría. Hemos venido a que disponga de nuestra vida, de una vez.
Mire, Jesús Velandia, un campesino, está muriendo en la sección de sanidad. Así sucede a un hombre y a otro en los últimos años; aquí están sus nombres, aquí, sus números de tarjeta delincuencial. Y hay quien cree que en esta nación no existe la pena capital.
No hay hombres más inocentes o culpables que otros. De suerte que mátenos ahora, o haga de nosotros lo que quiera.


Media genialidad



Galileo no fue a la cárcel, profe, nada más estuvo confinado en su casa por el resto de su vida. Obligado a no hablar, a no decir ni maldecir. Se quemaron sus libros también. Fue condenado a retractarse por la eternidad. A usted lo abruman con prisión y lleva sus libros a la cárcel, hace colecciones de insectos, lee en voz alta.
A Bruno lo quemaron en la mitad de su genialidad. Porque sólo hemos llegado a menos de lo mínimo, profe. Alguna vez iremos a por más. Si la inteligencia completa sucediera a este hombre o a aquella mujer el gozo por fin sería posible.
Pero, la historia se repite; nada que aprendemos, profe. Usted sigue en prisión y nosotros también.



Muere John Jairo Moreno León, forrado de amarillo


Muere John Jairo Moreno León, forrado de amarillo, como Atahualpa, el Hijo del Sol. Ambos fueron buenos y malos. Habían cumplido con su pena y pagado su rescate diez veces. En traje de oro se va John Jairo a la muerte, como Atahualpa acusado de los males que sus jueces cometieron sobre él.
Más allá de John Jairo y de Atahualpa y de sus jueces y asesinos, estuvo un día la vida. La vida material que quiso ser entendida en su fulgor único. Juntando el oro del mundo podría pagarse alguna vez el rescate de las mentes presas y quizá suceda que se abolan las prisiones, las monedas, las economías de mercado, los asaltantes, los ministros, antes de que la desaparición espectacular de todos los orgullosos hijos del sol.

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